15 abril, 2009

Enanismo magno

Lo padece este planeta que no es nuestro, este mundo que no es nuestro, este país que tampoco es nuestro. Cuanto mayor es el poder, más enano resulta quien lo tiene, lo detenta, lo ejerce. Decía Mao que vemos grandes a los tiranos porque estamos de rodillas ante ellos. Eso es un lugar común, al que yo agregaría: el tamaño del tirano es inversamente proporcional al de su tiranía; el tamaño humano, ético, moral, político... Ejemplos abundan y hasta sobran, desde Calígula o Nerón hasta Bush el pequeño (sobran), desde los dueños de la empresa privada que llamamos México hasta la plaga infrahumana que infesta el edificio donde vivo. Un poder tan grande como el de George Wácala Bush no podía menos que acabar de enloquecer a un ser microbiótico y demente de por sí. Como su émulo de tercer mundo, Felipe el espurio hace perfectamente el papel de enano por antonomasia. La ciudad más grande y contaminada del mundo está secuestrada por una turba de enanos erigidos en columna bertebrard de parapléjico jorobado. En proporción inversa al tamaño de esta ciudad, la mafia que ocasiona el infinito caos en que vivimos es infinitesimal. Cuanto más diminuto es alguien, más grandes son sus estupideces. La onda Ebrard (que las obras afecten a la mayor cantidad posible de gente) es el colmo de la irracionalidad, el ejercicio del poder llevado al extremo de la imbecilidad, la estulticia demencial; es la magnificencia del enanismo, porque además del desquiciamiento urbano, además de los trastornos causados cotidianamente hasta nuestra máxima capacidad de tolerancia, hemos padecido la máxima capacidad de autoengaño en ellos, nuestros captores, una megalomanía similar a la de Hitler en su bunker ante la inminencia de la contundente derrota; así es la onda Ebrard ante la evidencia del rotundo fracaso: ebriedad de autoelogio y autocomplacencia, espejo metafórico del rey con un traje que solamente él podía ver, ebrierard o el síndrome de Foxilandia a escala defeña y en amarillo.

La misma vocación de irrealidad vemos en casos que solo varían de tamaño y, por lo demás, son idénticos. El secuestro del país, de la ciudad, de la Cineteca Nacional... Los enanos que despedazaron el piso histórico de la Cineteca Nacional, de losetas con nombres de personalidades entre quienes, obviamente, no figuraba ningún Leonardo García Tsao, no son menos brutos y destructivos que los bándalos al servicio del chacal Ulises Ruiz, quienes incendiaron edificios públicos con un valor histórico para tener de qué culpar a la APPO (cabeza que no piensa, embiste). La estatura de los enanos que proyectan las películas en la Cineteca Nacional con la sensibilidad de un burro en una cristalería es inversamente proporcional a la estatura de quienes realizaron esas películas. El sindicato criminal de enanos inamovibles de los cuartos de proyección es una mafia insignificante y miserable que nunca ha visto una película en condiciones dignas porque sabe tanto de cine como de dignidad. Su noción de la Cineteca Nacional es la misma que tienen las cucarachas del edificio que infestan.

El enanismo magno autosabotea todo proyecto que rebase la capacidad mental de un microcéfalo para concebirlo, entenderlo o, por lo menos, verlo desde lejos (una cucaracha tendría que alejarse demasiado de un edificio para verlo y, en vez de eso, llevaría su ignorancia a otra coladera), como hizo la horda advenediza de Filosofía y Letras de la UNAM con el Frente Zapatista de Liberación Nacional, o como hicieron los patrones de Cafetlán y como pretenden hacer ahora sus "trabajadores", grupúsculo encabezado por una enana que, después de fracasar estrepitosamente como directora en la Casa de la Cultura del Centro Histórico, acabó de mesera con harta "degnidad"; este enanísimo personaje, que tiene dos nombres, dos edades y dos caras, según convenga, se dice ahora estudiante de la UNAM y pide aportaciones de diez mil pesos para su propio Cafetlán; tampoco estuvo a la altura de un auténtico foro de discusión en internet (cosa que no existe más que en mi imaginación). La diferencia entre lo que yo concebía como un foro de discusión en internet y la realidad es la misma que hay entre un edificio y un nido de cucarachas.

El enanismo magno, en el caso de la peste que infesta el edificio donde vivo, asume su "administración" como coto de poder minúsculo para gente diminuta que cree crecer al tenerlo, ejercerlo, detentarlo; por lo menos le sirve como terapia de "superación personal". El enano se sube a un ladrillo y se marea, se emborracha. Ebrio de poder, no hace más que cometer estupideces y hasta delitos, con la misma impunidad que Ebrard y su pandilla o Felipe el espurio y su ejército de violadores y torturadores. El enano se inviste de una autoridad que nadie más puede ver (por eso se llama poder), como el traje invisible del rey, como la "degnidad" de los "trabajadores" de Cafetlán, ahora vividores de la solidaridad envilecida, prostituida al más puro estilo salinista, como la "modernización" de la Cineteca Nacional, que terminará copiando en DVD todo el cine de carrete y después quemándolo, como la onda Ebrard, también llamada ebrierard, que excluye toda posibilidad de planeación básica, elemental, de proyección lógica y mínimamente inteligente, racional, o como el laboratorio de tiranosaurio rex en Oaxaca, donde el estado de excepción quiere ser la regla general en el país con Fecal uniformado cuando exista ropa militar de su talla (la de sus hijos le queda grande).

Los que se sienten aludidos cuando uno dibuja miniaturas caben en una botella de cerveza o una cajetilla de cigarros y desde allí, desde muy adentro, desde el fondo de la descomposición humana, aturdidos y embrutecidos por el poder que los desborda, alucinan que gobiernan un planeta en el que todos los demás de su especie le conceden la razón a la demencia y prenden el televisor o una veladora. La televisión, la religión y el futbol son el opio y el circo de los enanos en masa. Eso es el enanismo magno.

Iván Rincón Espríu

1 comentarios:

Es un honor reencontrar aquí este ensayo, con la salvedad de que los ex empleados de Cafetlán han sustituido finalmente su antigua fuente de trabajo por un nuevo café que se debe menos a la lucha gremial que a la dádiva. Solo faltaba decir al respecto que el enanísimo personaje, dizque "zapatista", es hueste de René Bejarano y cómplice de una demente que colabora con la PGR en el "hallazgo" de restos de supuestos desaparecidos políticos que después resultan osamentas prehispánicas. Por lo demás, la campaña de "solidaridad" que los trabajadores de Cafetlán en huelga lanzaron hace un año los envilece tanto como a sus antiguos patrones al convertirlos en simples parásitos.

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