16 marzo, 2009

Por un proceso de "inculturación litúrgica", la Iglesia podría aceptar a la Santa Muerte

Félix Báez-Jorge publica la segunda edición de Entre los naguales y los santos

Por un proceso de inculturación litúrgica, la Iglesia podría aceptar a la Santa Muerte

Arturo García Hernández

Lo interesante del culto actual a la Santa Muerte no es tanto su carácter necrófilo como su sentido implícitamente cuestionador del discurso hegemónico de la Iglesia católica. La Santa Muerte es un metapersonaje, un espejo simbólico al que recurren ciertas comunidades devocionales que no se sienten representadas en la iglesia convencional.

Lo mismo puede decirse de otros cultos, como a Jesús Malverde (deificado principalmente por narcotraficantes), o en su momento del Santo Niño de Atocha y el Niño Fidencio.

Aunque actualmente el canon eclesiástico católico cuestiona y rechaza el culto a la muerte, es posible que en el futuro llegue a ser visto con otros ojos por la Iglesia, y no sería la primera vez que una devoción profana pasa del rechazo de la cúpula religiosa a su integración.

Los planteamientos anteriores los hace el antropólogo Félix Báez-Jorge, autor del libro Entre los naguales y los santos, en el que analiza las estrategias de la Iglesia católica para poner en práctica lo que llama nueva evangelización, y que el investigador denomina inculturación litúrgica.

La estrategia consiste en tomar determinados elementos simbólicos y rituales de las devociones populares para incorporarlos a la liturgia católica, a fin de tener mayor captación de las devociones populares en general.

El concepto de religiosidad popular es muy amplio, pero en general se refiere a las prácticas que se hacen en una oposición contrahegemónica a la religión oficial; tiene el tono de estar dentro de la Iglesia, pero distante de la ortodoxia.

Hay veces que la Iglesia prohíbe estas prácticas, hay veces que se hace de la vista gorda y hay otras en que las utiliza para su beneficio.

La primera edición de Entre los naguales y los santos (Universidad Veracruzana) se publicó hace 10 años. Estaba agotada. Ésta es la segunda edición, corregida y aumentada con comentarios críticos de la especialista Johana Broda, del Instituto de Investigaciones Históricas de la Universidad Nacional Autónoma de México, y de Alessandro Lupo, catedrático de la Universitá di Roma La Sapienza.

Además de estos comentarios, la nueva edición incluye una reflexión de la inculturación litúrgica. Es interesante esta nueva evangelización, respuesta a la disminución de la feligresía de la Iglesia católica y su mudanza a otras devociones: En otro tiempo, algunos de los elementos y símbolos indígenas que hoy son parte de la liturgia católica, eran calificados de idólatras.

Encubierta por eufemismos

En su libro, el especialista, también autor de Olor a santidad (2006), propone un discusión amplia de los paradigmas, conceptos y métodos para examinar los efectos producidos por la inculturación litúrgica, estrategia que, por ejemplo, suele quedar encubierta bajo el término de sincretismo.

Actualmente, el culto popular a la Santa Muerte es cuestionado por el dogma católico, porque es una devoción al margen de su control.

Los creyentes son los que inicialmente hacen la gestión y realizan el culto. Pasado el tiempo, esa gestión y ese culto van in crescendo. Esto, desde luego, resta fieles a la Iglesia católica.

Aclara el entrevistado que el culto a los esqueletos y a las expresiones físicas de la muerte no es nuevo, se remonta hasta San Pascual Bailón, en Chiapas, y en la Edad Media (...) en épocas de la peste. Luego obtuvieron el reconocimiento de la Iglesia.

Se trata, entonces, de una relación muy dinámica; actualmente, me he percatado de que ya hay sacerdotes que entran en contacto con el culto a la Santa Muerte.

El culto a Jesús Malverde “es el típico caso de una devoción en torno a lo que la historiografía llama ‘héroes bandidos’. Malverde es adorado mayoritariamente por gente asociada al narcotráfico, pero no es nada más una cuestión de balazos y drogas, sino también de dinero, de financiamiento de empleos. En el imaginario de quienes cree en él, todo santo es un hombre que provee salud, bondad, bienes económicos, que de alguna manera se engarzan con las necesidades cotidianas inmediatas de las personas. Malverde es deificado como proveedor simbólico, mágico, que amerita la reciprocidad de aquellos a los que ha provisto”.

Los cultos populares –explica Félix Báez-Jorge– siempre van adelante de las iglesias hegemónicas, que por sus pesadas ortodoxias no son capaces de captar las dinámicas aceleradísimas de la sociedad. Por eso, en la Iglesia católica los santos tienen una incorporación a menudo tardía, cuando la comunidad ya los favoreció con su fe.

FUENTE: http://www.jornada.unam.mx/2009/03/16/index.php?section=cultura&article=a14n1cul

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